La verdadera realidad la encontraréis bajo estas lineas

jueves, 14 de enero de 2010

Juventud divino tesoro

Se veía en el espejo y le daban náuseas. No podía soportar esa imagen vieja y arrugada que tenía frente a sus ojos. Era superior a ella. Lo había tenido todo y se había quedado sin nada. De la perfección que da la juventud a la indiferencia e incluso asco que despertaba la vejez. Sabía que había hecho mucho daño en los tiempos de vino y rosas y ahora los enemigos que se había granjeado le pasarían factura. Ella lo sabía, no le cabía duda y por eso se estaba muriendo de rabia. Siempre había sido la más admirada, la más deseada, la reina de las diosas pero ahora las tornas habían cambiado, el timón del tiempo había girado dejando un rastro de pellejos y maquillaje.

lunes, 4 de enero de 2010

Las campanadas

Estaba sentado en la taza del váter cuando las oyó discutir. No podía ni cagar a gusto sin oír mentar el nombre de esa mal nacida. Estaba hasta en la sopa en el Estado en el que le había tocado vivir de pillaje, gitanada y pandereta. La Princesa de San Blas la llamaban y sin embargo no era nada más que una cocainómana comepollas. Una ramera que vivía del cuento del cuento. Una ignorante sin escrúpulos. Una manipuladora sin educación.
Tomó aire, el pequeño momento de paz que proporciona una buena giñada había sido interrumpido bruscamente al acordarse de esa marrana. En ese mismo momento se dio cuenta que no podría ni ver la televisión a la hora de las campanadas de fin de año sin tenerla presente.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Aeroparque

Aeropuerto de Aeroparque, Buenos Aires, 07.30.
Tenían que ir a Tucumán. Charlaban de cosas sin importancia mientras empujaban el carrito con las maletas por el ancho pasillo donde se encontraban los mostradores de facturación de las diferentes aerolíneas. Ellos estaban buscando el suyo. Creían haberlo encontrado casi al final de la larga avenida cuando de repente las vieron. Eran tres. La primera era gorda y exhuberante. Rondaría los sesenta años. Tenía en la cabeza una especie de collar de monedas doradas que le pasaba por el medio de la frente. Un camiseta verde muy ajustada que le marcaba las grandes tetas que poseía. Las lorzas le salían entre la camiseta y la falda que era de mil colores y casi transparente. Parecía la mayor de ellas. En los pies unas sandalias. La segunda tenía un panuelo rojo atado a la cabeza. La camiseta era azul y de manga larga y la falda larga hasta el suelo y de color amarillo chillón. Estaba entrada en carnes y aparentaba unos treinta años. Calzaba playeros sin calcetines. La última tendría unos treinta y cinco o cuarenta años. También gorda y con camiseta y falda larga de colores llamativos y chillones. Calzaba sandalias con las uñas pintadas en rojo putón. Llevaba el pelo suelto y con una capa de mierda y grasa que daba arcadas al más pintado. La melena le llegaba a la cintura. Ellos se quedaron parados mirándolas un largo periodo de tiempo. Después se miraron tratando de aguantar la risa. Ya estaban bautizadas. Eran la Porcona Raquel, Mamá Rosario y la Zíngara.

martes, 22 de diciembre de 2009

La fiesta de Navidad

Se había levantado de buen humor. Desayunó, como siempre, café con leche con sacarina líquida y una pieza de fruta. Concretamente una mandarina. Iba a ir a ver el concierto de Navidad que hacían en el colegio de su hija. Llegó y se sentó en la séptima fila. Estaba cómodo. Estaba a gusto. Iba a disfrutar del espectáculo de su hija sin ninguna preocupación. Pero de repente... Empezó a oir palmas que provenían de los altavoces del salón de actos donde iba a transcurrir la obra. El estómago se le empezó a revolver y le entraron unas ganas de vomitar terribles. Le empezaron los mareos también cuando empezaron los primeros acordes de la canción. Otra vez los villancicos gitanos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El enfermo

La enfermedad le impedía hacer cosas normales. No podía saltar, ni correr, ni caminar, en realidad, no podía ni salir de casa. Ni siquiera de su habitación. Sus amigos hacía mucho tiempo que habían dejado de preguntar por él. Ya ni lo echaban en falta. Su madre le llevaba la comida a la habitación y él ni la miraba, la enfermedad había llegado a su punto más álgido. Su carácter se había agriado como el vino malo en barrica de pino. Llevaba más de tres años en estado semicomatoso delante de su ordenador.

El infarto

Apuró la cerveza y salió del bar. LLegaba tarde a casa donde lo esperaba su mujer. Otra vez más tenía que llevarla a comprar y eso no lo soportaba. Era superior a él. De escaparate en escaparate, de tienda en tienda. Era una cosa insufrible. Y ahora con las fiestas la cosa sería peor que la última vez donde tuvo que aguantar seis horas maratonianas cargado de bolsas como un pollino. Lo pensaba y le entraban sudores fríos y escalofríos. Sabía que era inútil resistirse pero aún así su mente iba fraguando una historia que le sirviera como excusa. Pensaba decirle que se encontraba mal, que tenía dolor de barriga, de estómago o de cabeza pero sabía que eso no colaría, es más, no lograría engañar a su mujer de ninguna manera. Seguía sudando en frío y ahora le había empezado un ardor de estómago que le hacía presagiar el inminente ataque de ansiedad. LLegó a casa con palpitaciones y mareos. Tenía el corazón a 210 pulsaciones. Abrió la puerta y vio a su mujer preparada y dando los últimos retoques de maquillaje frente al espejo. Su corazón no lo pudo soportar.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La negativa

Le dijo que no y no lo entendió. Sentía ganas de matarlo, es más, desde el mismo momento de su respuesta ya estaba planeando como hacerlo. Era un golfo y para algo que le pedía se lo negaba. Lo mataría, descuartizaría y después le daría los trozos a los perros. No merecía menos. Después de los reiterados favores que le había hecho ahora le negaba el pan para sus hijos, mejor dicho, para su hijo. Era un miserable y se merecía morir. Siempre vendiendo motos, vendiendo humo y viviendo del cuento. No había trabajado en su vida y se creía con la autoridad del que si lo hace.