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lunes, 18 de octubre de 2010

El muro

Miraba fijamente el muro de color arena que rodeaba el edificio donde se encontraba su hermana. Sabía que era difícil saltarlo. Sobretodo porque en su parte más alta había una pequeña alambrada de pinchos que seguro le desgarrarían la carne en pequeños pedacitos si una de sus extremidades rozaban la misma. La idea era fija, tenaz, perpetua. Tenía que liberar a su hermana, tenía que sacarla de aquella mazmorra disfrazada de minarete. Caminó hacia el muro. Primero despacio, luego más aprisa. Se detuvo y llamó en voz alta a la sangre de su sangre. El silencio fue la única respuesta. Volvió a llamar. Nada se oía. Tres años, seis meses y veintitrés días habían pasado desde sus vacaciones a Bruselas donde la había visto por última vez. Recordaba esto y se le revolvían las entrañas. ¿Como pudo ser? pensaba ¡En el corazón de Europa y ante la mirada impasible de la gente! ¡En la estación de Gare du Midi ante cientos de personas! Por más vueltas que le daba a la cabeza no lo lograba entender

viernes, 23 de abril de 2010

La cuarentona

Los árboles ya estaban en flor y los animales se estaban poco a poco desperezando del largo y frio invierno. La nieve de los altos picos poco a poco se iba derritiendo formando cientos de serpenteantes y juguetones riachuelos que bajaban ladera abajo hasta morir en el gran lago. Allí era donde ella tenía su cabaña. Era de madera de roble y el tejado de ramas de un arbusto llamado escoba. Tenía un buen trabajo, un buen coche, una casa preciosa en un lugar idílico pero sin embargo le faltaba rellenar el gran hueco que tenía en el corazón. Eso que algunos llaman amor. Se sentía vacía por dentro y ahora a sus cuarenta y siete años recién cumplidos se arrepentía de todas las tonterías que había hecho en su vida. ¡Cuantas calabazas había dado! ¡Cuantos hombres había puesto en evidencia! ¡Cuantas miradas había echado por encima del hombro creyéndose la Reina de Saba! Ahora solo le quedaba intentar llenar ese gran vacío con recuerdos de lo que podía haber sido.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El infarto

Apuró la cerveza y salió del bar. LLegaba tarde a casa donde lo esperaba su mujer. Otra vez más tenía que llevarla a comprar y eso no lo soportaba. Era superior a él. De escaparate en escaparate, de tienda en tienda. Era una cosa insufrible. Y ahora con las fiestas la cosa sería peor que la última vez donde tuvo que aguantar seis horas maratonianas cargado de bolsas como un pollino. Lo pensaba y le entraban sudores fríos y escalofríos. Sabía que era inútil resistirse pero aún así su mente iba fraguando una historia que le sirviera como excusa. Pensaba decirle que se encontraba mal, que tenía dolor de barriga, de estómago o de cabeza pero sabía que eso no colaría, es más, no lograría engañar a su mujer de ninguna manera. Seguía sudando en frío y ahora le había empezado un ardor de estómago que le hacía presagiar el inminente ataque de ansiedad. LLegó a casa con palpitaciones y mareos. Tenía el corazón a 210 pulsaciones. Abrió la puerta y vio a su mujer preparada y dando los últimos retoques de maquillaje frente al espejo. Su corazón no lo pudo soportar.