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jueves, 30 de septiembre de 2010

El secreto

Se quedó mirando hacia él con cara de pocos amigos. La sangre le comenzó a hervir por dentro y las tripas se le retorcían como anguilas encerradas en un pequeño frasco de mahonesa. La ira y el odio se comenzaron a apoderar de su persona y llegó un punto en que ya no era responsable de sus actos. Le pasaba casi siempre que se disfrazaba con su camisa roja, su visera haciendo juego y su silbato de los chinos con pegatina incluída. Ese disfraz le sentaba mal, hacía que se acrecentara su obsesión ya de por sí muy intensa, por las lunas de los escaparates. No pudo más y como siempre que salía con la pandilla, todos ellos disfrazados de progres sindicalistas, le dio una pedrada al cristal que tenía a su lado. Instantaneamente se sintió mejor, aliviado y felicitado por sus compañeros como el que realiza una gran obra. Era su obsesión y a la vez su secreto.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Aeroparque

Aeropuerto de Aeroparque, Buenos Aires, 07.30.
Tenían que ir a Tucumán. Charlaban de cosas sin importancia mientras empujaban el carrito con las maletas por el ancho pasillo donde se encontraban los mostradores de facturación de las diferentes aerolíneas. Ellos estaban buscando el suyo. Creían haberlo encontrado casi al final de la larga avenida cuando de repente las vieron. Eran tres. La primera era gorda y exhuberante. Rondaría los sesenta años. Tenía en la cabeza una especie de collar de monedas doradas que le pasaba por el medio de la frente. Un camiseta verde muy ajustada que le marcaba las grandes tetas que poseía. Las lorzas le salían entre la camiseta y la falda que era de mil colores y casi transparente. Parecía la mayor de ellas. En los pies unas sandalias. La segunda tenía un panuelo rojo atado a la cabeza. La camiseta era azul y de manga larga y la falda larga hasta el suelo y de color amarillo chillón. Estaba entrada en carnes y aparentaba unos treinta años. Calzaba playeros sin calcetines. La última tendría unos treinta y cinco o cuarenta años. También gorda y con camiseta y falda larga de colores llamativos y chillones. Calzaba sandalias con las uñas pintadas en rojo putón. Llevaba el pelo suelto y con una capa de mierda y grasa que daba arcadas al más pintado. La melena le llegaba a la cintura. Ellos se quedaron parados mirándolas un largo periodo de tiempo. Después se miraron tratando de aguantar la risa. Ya estaban bautizadas. Eran la Porcona Raquel, Mamá Rosario y la Zíngara.