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viernes, 22 de octubre de 2010
El tranvía
Era de noche. Esperaban el tranvía en la estación del norte de la ciudad. Hacía un frío de perros y una humedad que calaba hasta los huesos. El cielo estaba completamente despejado y las estrellas brillaban con más intensidad de lo normal debido a la falta de luz de esa parte de la ciudad. Charlaban mientras fumaban un cigarrillo para, al menos, calentarse los pulmones por dentro y admiraban el grandioso espectáculo que tenían ante sí y que pocos días al año podían observar debido a los densos y grises nubarrones que casi siempre cubrían el cielo. Vieron llegar de lejos el tranvía, apagaron los cigarrillos y se dispusieron a subir. Cuando el primer vagón llegó a su altura se dieron cuenta de que ya era demasiado tarde para echarse atrás o quedarse en la estación. Eran más de veinte y sus túnicas blancas los delataban. Tenían sed de sangre occidental. Venían a la caza del europeo.
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lunes, 18 de octubre de 2010
El muro
Miraba fijamente el muro de color arena que rodeaba el edificio donde se encontraba su hermana. Sabía que era difícil saltarlo. Sobretodo porque en su parte más alta había una pequeña alambrada de pinchos que seguro le desgarrarían la carne en pequeños pedacitos si una de sus extremidades rozaban la misma. La idea era fija, tenaz, perpetua. Tenía que liberar a su hermana, tenía que sacarla de aquella mazmorra disfrazada de minarete. Caminó hacia el muro. Primero despacio, luego más aprisa. Se detuvo y llamó en voz alta a la sangre de su sangre. El silencio fue la única respuesta. Volvió a llamar. Nada se oía. Tres años, seis meses y veintitrés días habían pasado desde sus vacaciones a Bruselas donde la había visto por última vez. Recordaba esto y se le revolvían las entrañas. ¿Como pudo ser? pensaba ¡En el corazón de Europa y ante la mirada impasible de la gente! ¡En la estación de Gare du Midi ante cientos de personas! Por más vueltas que le daba a la cabeza no lo lograba entender
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