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miércoles, 24 de noviembre de 2010

El sueño de la meretriz despechada

Tan solo pretendía tener una vida normal, sin sobresaltos, y sobretodo, sin gente que, aburrida de su propia existencia, no hacía otra cosa que inmiscuirse continuamente en la de los demás. Pero veía que eso no iba a ser posible. Ya le había intentado destrozar la vida por completo una vez y ahora volvía a la carga sin motivo ninguno. Solo por despecho, por maldad, por aburrimiento. Él estaba tranquilo porque era un hombre que cumplía su palabra y, además, tenía todas las pruebas contra la manceba que por segunda vez estaba intentando abatirlo pero lo que no podía consentir bajo ninguna circunstancia era que su familia sufriera. Lo estaba poniendo contra las cuerdas de nuevo pero esta vez no se iba a caer porque se había jurado a sí mismo, por lo que más quería en esta vida, que primero se llevaría por delante a quien hiciera falta aunque se escondiera en el fin del mundo, aunque no cogiera el teléfono, aunque se fuera a vivir a Pyongyang, aunque se rodeara de un ejército de falsas acusaciones, denuncias y papeles. Prefería pasar una vida relativamente plácida en la cárcel que soportar un calvario en una falsa libertad amenazado por una meretriz de tres al cuarto.
Rinngggg, ringggg. Oyó el despertador. Las seis y media. Afortunadamente había sido un sueño, una pesadilla tremendamente real, pero un sueño al fin y al cabo por suerte, sobretodo, para la alcahueta.

jueves, 22 de abril de 2010

El argentino

Lo sentía cada vez más cerca. Su llegada era inminente y eso le hacía sentirse intranquilo. Podía percibir el calor de su hediondo aliento en la nuca y en vez de ponerse a correr estaba inmóvil y petrificado como una estatua de acero oxidado. No se podía creer que le pasara esto otra vez. Quería pensar que era un mal sueño pero ya se había dado cuenta de que no podía despertar. Allí estaba él, en medio de la calle esperando el fatal desenlace. Solo e indefenso ante el peligro. No podía ser que le pasara tantas veces. Ya era tarde para huir porque ya estaba allí. Manuel había llegado y ya lo estaba saludando. Deseaba que se lo tragara la tierra porque no hay cosa peor que pasar el día entero con un argentino. Al final del día le sangraban las orejas y tenía jaqueca. Lo peor era que después de doce horas no había podido pronunciar ni una triste palabra y se sabía la vida entera de Diego Armando Maradona de memoria.

viernes, 11 de diciembre de 2009

El pimiento rojo

Hacía tiempo que no lo veía. Concretamente desde que un mes antes había dado a luz el hijo de madera que tanto anhelaba. Lo seguía con la mirada y la boca se le ponía como un bebedero de patos. La respiración se le entrecortaba y sentía golpear a su corazón desbocado en las sienes. Tuvo que parar de caminar, se agachó, tomó aire y lo volvió a mirar embelesado. No podía mas. Iba a explotar. Sentía que iba a explotar. Allí lo tenía después de tanto tiempo de sueños húmedos. Allí estaba el pimiento rojo.