La verdadera realidad la encontraréis bajo estas lineas

jueves, 24 de febrero de 2011

"Por tí, por mí, por nosotros"

Alzó la vista y no fue capaz de ver nada más que aquel inmenso cartel en medio de la autopista. Era un cartel oscuro casi negro con unas letras blancas y ovaladas que rezaban: "Por tí, por mí, por nosotros". Se detuvo y lo observó muy detenidamente mientras repetía una vez tras otra ese estúpido eslogan: "Por tí, por mí, por nosotros". Parecía un antiguo disco de vinilo en el que la aguja llegaba al final, chocaba contra el papel donde ponía el artista y el nombre del LP y saltaba hacia el final de la última canción repitiendo siempre lo mismo. Le parecía una payasada pero, en realidad, no podía parar de decirlo. El "Por tí, por mí, por nosotros" bullía en su cabeza como un incesante vaivén en una fiesta abarrotada de gente. Quien quiera que fuera el que haya inventado la campaña de marketing ha estado acertado, ha conseguido su objetivo, pensó en su fuero interno. Reanudó la marcha y esa machacona y repetitiva cantinela lo perseguía por la A-8 camino de casa. El trastorno obsesivo compulsivo que poseía estaba de nuevo haciendo de las suyas. "Por tí, por mí, por nosotros" repetía una y otra vez mientas se metía dos pastillas en la boca para intentar controlar las compulsiones. No se había dado cuenta de que era época de elecciones.

lunes, 27 de diciembre de 2010

El mundo de Mon

Mon era un director de cine muy mediocre, más bien era un director de cine pésimo aunque él, a sabiendas de sus limitaciones, no hacía otra cosa que tirarse flores y criticar el trabajo de todos sus colegas. Tenía el típico complejo de inferioridad no reconocido que proyectaba al experior intentando darle la vuelta a la tortilla queriendo hacer de todos sus defectos virtudes. La envidia lo corroía por dentro. Sabía que no daba más de si, quizás era por eso. Tenía buenos contactos que se había labrado a base de andar de rodillas por los despachos de la sede del partido político que llevaba ejerciendo la hegemonía durante más de treinta años en su tierra. Su jefe era el marido de la tipa que repartía las subvenciones para el cine de la lengua minoritaria en la que rodaba y que sin embargo, que paradoja, él no hablaba. Se ponía muy nervioso cada vez que salía algo al mercado que él o sus compinches no controlaban no fuera a ser que se les acabara el chollo y despotricaba en cualquier periódico o medio de comunicación sin ni siquiera haber visto el producto. Perdía los nervios con facilidad y fumaba. Fumaba sin parar, sin control. Esa era una de sus señas de identidad, otra era verle con las manos en los bolsillos mientras los cámaras hacían los planos que él les ordenaba de sus, valga la redundancia, infumables productos. Ese era su mundo el mundo de Mon.

martes, 14 de diciembre de 2010

El muelle de Gouvan

Era una noche muy oscura. Llovía y hacía frío, un frío húmedo y cortante que se calaba lentamente por la ropa llegando a tocarte el mismo tuétano de los huesos con sus yemas heladas. El muelle era ya de por si un sitio lúgubre y sombrío pero aquella noche parecía aún más terrible debido a las fantasmagóricas formas que dibujaba la niebla entre los derruídos edificios. Avanzaba rápidamente desde la negra mar hasta las grúas de carga, colándose por todos los rincones, cubriendo todas las superficies con su manto blanco atomizado en millones de diminutas partículas de agua. Y allí estaba Gouvan esperando la señal. Conocía aquellos embarcaderos como la palma de su mano, no en vano, se había criado en ellos pero ahora las cosas habían cambiado mucho. Todo se había vuelto más complicado y peligroso y aunque él fuera perro viejo aquello, sin lugar a dudas, no era lo mismo, ahora había mucha gente en el oficio. Divisó una luz a lo lejos, una especie de linterna realizando círculos. Ya están aquí, pensó. Se equivocaba. Se dispuso a preparar, como siempre, el maletero del coche para meter la mercancía, arrancó el motor y dio las luces. Encendió un pitillo tranquilamente y ahí se comenzó a dar cuenta de que algo marchaba mal. La luz seguía en el mismo sitio y nadie se acercaba al lugar concertado. Tengo que dejar este trabajo, juro por mi vida que hoy mismo es mi última entrega, tengo que dejarlo o esto me va a llevar a la tumba, mascullaba Gouvan. En ese mismo instante de ensimismamiento llegaron hasta él. La escena era dantesca, verdaderamente dantesca. Tenía ante sí a un hombre de unos cincuenta y seis años gordo y trajeado acompañado de una jovencita de no más de veinte con una mini falda de lentejuelas color plata y un top negro con un escote que dejaba ver el alma.
- ¿Me has hecho venir hasta aquí para esto?, dijo Gouvan encolerizado.
- Quería probar sabia nueva, se limitaron a responder
No pudo más, era demasiado. Le habían hecho ir hasta su Bretaña natal para hacer el ridículo con una simple transación de un millón de euros y encima tenía que aguantar a aquel asqueroso corrupto con aquella muñeca del Este presa de alguna mafia ubicada en la costa del sol. Sacó su pistola y le descerrajó 5 tiros en la cabeza al concejal de urbanismo de turno. A la puta que lo acompañaba le prestó su abrigo y le dio cincuenta euros para el taxi. Su vida como conseguidor había llegado a su fin. Su relación con los políticos había quedado finiquitada.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Urgencias

Era un incomprendido. Todos lo llamaban loco, en realidad, no lo entendían o no lo querían entender pero la realidad era que de nuevo se encontraba allí postrado, en aquella fría e incómoda estancia de color blanco inmaculado en la sala de urgencias del mismo hospital al que acudía cada vez que sentía de cerca el cálido aliento de la muerte. Otra vez, otra más, allí solo, en contínua lucha entre su calculadora cabeza y su cuerpo desbocado tal como si fuera una manada de potros salvajes, una estampida de bisontes o una piara de puercos hambrientos en una dehesa de los alrededores de Emérita Augusta. El pinchazo de rigor con el consiguiente escalofrío, las pegatinas azules en el pecho para facilitar el electrocardiograma y el diazepán en vena para regular todos los indicadores. Una hora más tarde llegaba el informe médico con todo en regla, con una insultante e inquietante corrección, las enzimas eran normales, el electro normal, no había rastro de infarto. Las pulsaciones habían vuelto a su habitual anormalidad y de la opresión en el pecho apenas quedaban pequeños restos. Salió por la puerta leyendo el cartel de "Urgencias" sabiendo que pronto volvería a vislumbrarlo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El sueño de la meretriz despechada

Tan solo pretendía tener una vida normal, sin sobresaltos, y sobretodo, sin gente que, aburrida de su propia existencia, no hacía otra cosa que inmiscuirse continuamente en la de los demás. Pero veía que eso no iba a ser posible. Ya le había intentado destrozar la vida por completo una vez y ahora volvía a la carga sin motivo ninguno. Solo por despecho, por maldad, por aburrimiento. Él estaba tranquilo porque era un hombre que cumplía su palabra y, además, tenía todas las pruebas contra la manceba que por segunda vez estaba intentando abatirlo pero lo que no podía consentir bajo ninguna circunstancia era que su familia sufriera. Lo estaba poniendo contra las cuerdas de nuevo pero esta vez no se iba a caer porque se había jurado a sí mismo, por lo que más quería en esta vida, que primero se llevaría por delante a quien hiciera falta aunque se escondiera en el fin del mundo, aunque no cogiera el teléfono, aunque se fuera a vivir a Pyongyang, aunque se rodeara de un ejército de falsas acusaciones, denuncias y papeles. Prefería pasar una vida relativamente plácida en la cárcel que soportar un calvario en una falsa libertad amenazado por una meretriz de tres al cuarto.
Rinngggg, ringggg. Oyó el despertador. Las seis y media. Afortunadamente había sido un sueño, una pesadilla tremendamente real, pero un sueño al fin y al cabo por suerte, sobretodo, para la alcahueta.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El "Tigre Celta"

Apuró su pinta de cerveza negra mientras oteaba todas las mesas del pub intentando descubrir alguna cara amiga que le diera conversación y, sobretodo, compañía. La música era agradable, le gustaba, le encantaba. En esos mismos momentos estaba sonando "Tha Biodag Aig Mac Thómais" de McManus. Esa guitarra céltica era inconfundible. Pegó el último trago a la pinta y se retrotrajo al mundo mágico de Ávalon. Sentía que volaba como un halcón recorriendo los lugares mágicos de la isla esmeralda. Incluso percibía como el aire se le enrredaba en su media melena pelirroja haciéndola sonreír. Estaba en estado de semitrance, feliz, no deseaba por nada del mundo que se acabara ese momento. Malas noticias, la canción había finalizado y el barman había sintonizado en la televisión las noticias del canal RTÉ a hAon. Ya se había confirmado, el llamado "Tigre Celta" había sucumbido a los mercados y necesitaba un rescate financiero de inmensas proporciones comentaba el presentador. Se levantó maldiciendo a los malditos mecados, sin entender muy bien lo que pasaba ni quienes eran los que todo el mundo llamaba mercados. Salió a la calle. Respiró hondo. Por lo menos le quedaba el aire puro y fresco de Corcaigh.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Maldita ansiedad

Caminaba más deprisa de lo normal con la sensación incómoda de ser perseguido por alguien. Dobló la esquina y aceleró el paso con la esperanza de estar equivocado o, si estaba en lo cierto, de dar esquinazo al supuesto perseguidor. Había comenzado a sudar y a experimentar esa extraña sensación de mariposeo en el estómago producida por los nervios. Miraba hacia atrás y no veía a nadie tan solo la inmensa y oscura oscuridad de aquella noche sin luna. Jadeaba como un galgo en el sprint final de su carrera mientras continuaba su huida hacia adelante de no sabía muy bien que. ¿Se estaría volviendo loco? ¿Sería todo esto producto, una vez más, de su más que crónica ansiedad? Paró, se intentó tranquilizar y se daba ánimos para intentar regularse las pulsaciones que le iban a no menos de 170. Respiraba, ya por fin, más pausadamente y sacó de su bolsillo derecho una pequeña caja metálica donde guardaba su tesoro más preciado. Cogió un trankimazin de 1 miligramo y se lo iba a meter debajo de la lengua cuando sintió el filo de una afilada navaja en su cuello. Dame la pasta o te rajo ahora mismo fueron las palabras que le dijeron. La maldita ansiedad tiene estas cosas.