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jueves, 25 de marzo de 2010

La doncella blanca

Su boca salivaba más de lo normal cuando la miraba. Incluso le salía un poco de espumilla blanca por la comisura de los labios cuando la tenía enfrente o cuando la olía. Estaba enamorado de ella hasta la médula y le contaba sus pequeñas cosas en privado por miedo a que lo tacharan de loco, de demente, de desquiciado si lo veían dirigiéndose a ella. Se acostaba y se levantaba, cuando era capaz de dormir, con la misma idea en su mente, no se la podía quitar de la cabeza. Era una especie de obsesión enfermiza que rayaba en la demencia. Apenas comía y en el último mes había adelgazado más de diez kilos dejándole un aspecto enfermizo con ojeras grandes y negras como dos moratones. Se estaba consumiendo en vida por culpa de su estúpida timidez y de su amarga amiga, la doncella blanca.

martes, 16 de marzo de 2010

Más allá del Palacio de Hielo

La miró de soslayo y ella sonrió con el cinismo que la caracterizaba. Sabía que lo tenía en el bote que andaba coladito por sus huesos y sin embargo ella se hacía la dura. Pasaba de él como si fuera un perro callejero. Pero también sabía que él no desistiría en sus intentos por conquistarla. Estaba segura de tenerlo seguro. Estaba convencida de ello. Pero ocurrió una cosa que no entraba en sus planes. Un día no supo nada más de él. Se marchó para no volver porque había encontrado el amor más allá del Palacio de Hielo. Se había enamorado de una ninfa con cabellos blancos como la nieve virgen y piel pura como las estrellas. Ella, al saberlo, se moría lentamente de pena pero era una cosa que, con su actitud hacia él, había estado buscando. Una fría mañana la encontraron tirada en un viejo y sucio motel de carretera. Su corazón no lo había soportado.